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La esperanza como herramienta terapéutica

La esperanza, al contratio del optimismo, puede ser utilizada por los médicos como una herramienta terapéutica... aunque nunca como la única.

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Luego de leer un artículo muy reciente del British Medical Journal (BMJ 2017;359:j5469) y ver una película titulada “La Teoría Sueca del Amor“, me di cuenta de un interesante concepto que últimamente me ha rondado la cabeza. La medicina es una ciencia y su correcto ejercicio mejora la salud de los pacientes; cierto es que tratamos con seres humanos, poseedores de sentimientos. De tal forma, ejercer la medicina en este mundo online cuenta con sus propios contratiempos (en otra ocasión he hablado ya sobre las consultas mediante dispositivo digitales), pero a los pacientes los debemos de atender offline, pues a diferencia de internet donde si no me gusta una opinión simplemente la excluyo de mi red social, esto no lo podemos hacer con un paciente o sus familiares, pues acuden a nosotros porque desean saber qué tienen, cómo se les puede tratar, su pronóstivo y (¿por qué no?) el poder brindarles un poco de esperanza.

Visión del paciente

Todos los pacientes y sus acompañantes reconocen la importancia de una buena relación médico-paciente. El o la paciente tiene la imperiosa necesidad, y ansiedad, de enteder lo que le aqueja, lo que le hace estar mal. Desea por un lado ser atendido, pero por el otro desea ser entendido y recibir alguna esperanza.

Visión como médico

A pesar de la “desmedida” atención “prestada” a la relación médico-paciente durante nuestra formación, nunca se ha hecho énfasis en la esperanza. Por si fuera poco, en nuestro país, donde la profesión esta inmersa en carencias, falta de oportunidades, exceso de trabajo y violencia, se ha hecho costumbre que muchos médicos desconozcan cómo utilizar la esperanza como terapia.

El médico teme ofrecer falsas esperanzas y es totalmente válido; sin embargo, una cosa es no querer dar falsas esperanzas y otra muy distinta aniquilarlas por completo, especialmente en el manejo de pacientes crónicos, con cáncer o alguna otra enfermedad progresiva. Se nos enseñó (y eso promueven los medios masivos), que se es incompetente cuando no contamos con tratamientos curativos que ofrecer.

Sí, ya sé… me dirán que sólo soy realista o veraz sobre la enfermedad, el pronóstico aunado a la evolución clínica y el potencial de resultados deficientes.

Desde la carrera se nos recomienda evitar frases como, “usted va a mejorar“, pues se trata de algo de lo que jamás se tendrá la certeza, y si algo sale mal, lo mínimo que ocurrirá es que las expectativas incumplidas erosionarán la confianza médico-paciente.

Aunque el sentido común nos dicta que la esperanza es fundamental para superar cualquier enfermedad, el papel del médico consiste en no generar falsas expectativas, pero jamás quitarlas. Se trata de un elemento terapéutico muy válido y útil en la relación médico-paciente, siendo un elemento distintivo del “arte de la medicina“. Si se utiliza como un medicamento considerando dosis, pros y contras, es un instrumento que se puede optimizar como cualquier otro a nuestra disposición.

Alentar la esperanza significa también negociar una compresión clara de los objetivos de un tratamiento a través del diálogo y el entendimiento mutuo a través de un proceso de ajuste y aceptación.

Aclarando el punto… la esperanza no es, ni será optimismo

Es importante también aprender la diferencia la esperanza del optimismo. El optimismo es la confianza del paciente en los buenos resultados que se obtendrán del tratamiento, en tanto que la esperanza permite orientarse hacia una meta determinada, además de permitir que un individuo invierta tiempo y energía en la planificación de sus objetivos, contando con dos componentes interactivos.

En primer lugar, el desarrollo de vías o rutas para alcanzar los objetivos deseados y, en segundo lugar, la intención y persistencia de lograr dicho objetivo individual. Por ejemplo, una persona diabética y optimista no lleva la dieta, no toma su medicamento y espera “vivir mucho tiempo”; mientras que el diabético con esperanza apunta a mantener cifras de glucosa bajas, hace ejercicio regularmente, baja de peso y se asegura de seguir su tratamiento con los ajustes necesarios.

Explicación biológica

Los beneficios terapéuticos también son biológicamente estimables si la esperanza se ve como un tipo de efecto placebo. Es decir, sabemos que los placebos a veces son asociados con beneficios terapéuticos en una amplia variedad de enfermedades y el tamaño del efecto puede ser tan grande que incluso los placebos son asociados con un cambio en los niveles de neurotransmisores y la activación de las regiones cerebrales involucradas en la recompensa y la atención.

Asimismo se ha demostrado que la esperanza protege contra la ansiedad, activando así la corteza orbifrontal, lo que ayuda a la motivación, resolución de problemas y comportamientos con metas dirigidas, lo que sugiere que estas funciones son elementos centrales de la esperanza.

Entonces, ¿pueden los médicos influir en la esperanza de sus pacientes?

Existen pruebas preliminares que indican que la intervención breve basada en la esperanza mediante imágenes guiadas con pensamiento dirigido, puede ser efectiva en el manejo del dolor.

Conclusión

No debemos olvidar que la esperanza puede ser un aspecto terapéutico muy poderos en la relación médico-paciente. Sin embargo, considerarlo como elemento único dentro del arte de la medicina corre el riesgo de volverlo intangible y, con ello, potencialmente inalcanzable.

De tal modo, debemos aceptar que la esperanza es una construcción psicológica medible y aceptable, asociada como un mecanismo neurobiológico digno, el cual no sólo proporciona beneficios clínicos (ayudando al médico a priorizar objetos terapéuticos), sino que también empodera al paciente para desarrollar habilidades a su favor, las cuales repercuten en su propio beneficio.

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