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Sensatez y sentimientos (el médico y sus emociones)

A pesar del halo de misticismo que rodea a la profesión médica, la realidad de las cosas es que los profesionales de la salud también son seres humanos.

Hola, otra vez de vuelta con ustedes. Un poco atareado, entre alumnos, publicaciones, trabajo y familia.

Inicio mi texto de esta semana recordando el evento que se suscitó en un colegio de Nuevo León hace un par de semanas. Todos vimos el video y qué decir… ¡nadie logró ayudarlos… aunque todos lo vimos!

Lo anterior, así como la muerte de otro amigo médico (¡sí, ya lo sé!, o tengo la guadaña muy veloz desde el año pasado… o simplemente ya estos mayorcito… le voy a lo segundo) me hizo reflexionar en que la gente nos ve, pero debajo de cada bata, pijama o título de médico o especialista existe un ser humano, pues como le comentaba a mis estudiantes, no portamos bragas rojas por encima de la ropa y mucho menos una capa roja, es decir, no somos Superman. Somos simples seres humanos (como todos) con defectos y virtudes, alegrías y tristezas, con destrezas a desarrollar.

Siempre me pregunté por qué deseé ser médico de urgencias… hoy lo sé sin ninguna duda. Se trata de una especialidad que me permite observar rápidamente si un paciente mejora; sin embargo, con el paso de los años también me percaté que si mi paciente no mejoraba, no me encariñaba con éste… y no sufría.

Quienes trabajamos en el área de urgencias nos encontramos en la frontera de situaciones límite… ¿a dónde llegaron los compañeros del niño de Nuevo León?, ¿a dónde llegan todos los pacientes accidentados?, ¿a dónde acuden inicialmente varios de los compañeros médicos cuando se enferman?

Todo lo anterior hace que vivamos situaciones no cotidianas. Incluso para otros médicos nuestras emociones siempre se encuentran a flor de piel, sin embargo, no podemos demostrar lo que sentimos en ese momento… pero, ¿y después?

Debemos permitirnos el manifestar nuestros sentimientos. Creo que es el momento de llorar y expresar abiertamente que somos seres humanos. Si no lo hacemos de este modo corremos el riesgo de perder nuestra humanidad. Somos más que un montón de músculos y huesos, también somos alma y sentimiento.

Lo que se encuentra permitido en las relaciones entre seres humanos no se da tan fácilmente en la relación médico-paciente. A pesar de ello, el médico permanece un ser humano y, como cualquier otro, posee sentimientos, se comunica, comparte, conoce, actúa e interactúa con su entorno social, incluidos sus pacientes, siendo arrastrado por un sentimiento hacia cada uno de ellos… y a ellos les ocurre del mismo modo. Bajo este esquema es que durante la consulta médica se entremezclan actitudes, afectos y disponibilidades de cada actor.

Somos seres humanos, estamos vivos e intentamos hacer nuestro trabajo lo mejor que podemos. Nos formamos y preparamos para ello, pero como personas con sentimientos ello nos permite dar lo mejor de nosotros a pesar de nuestros sentimientos o necesidades.

Un artículo señala que, cuando el contacto de la relación médico-paciente dura algún tiempo, éste puede prestarse a malas interpretaciones: la simpatía e interés del médico, unidos a la estima y el trato por el paciente, son suficientes para generar sentimientos positivos… aquí vale la pena apuntar que si ello se prolonga o se exceden las barreras médico-paciente podemos caer en graves problemas.

Lo realmente importante debe siempre ser no perder el rumbo y mantener una relación médico-paciente cordial y respetuosa, acorde con la enfermedad, su duración y el tiempo de tratamiento, procurando siempre la satisfacción del paciente. Pese a ello, es posible que caigamos en el juego de entrañar sentimientos de afecto hacia el paciente.

Un grave error nuestro (pero también de la comunidad) es haber colocado nuestra profesión en un pedestal por encima del resto, pues nada se aleja más de la realidad que esta errónea visión.

Tanto en el hospital, como en la casa, con lo que amamos, ¿quién nunca ha visto llorar a un compañero o compañera?, ¿quién no terminó llorando a un paciente al cual no pudo salvar o a aquel que terminó teniendo un pésimo final?

Para finalizar…

Comemos del dolor ajeno y ¿por qué no?… de sus sentimiento o los de sus familiares. Por lo tanto, ¡los médicos también lloramos!

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