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El ruido y el silencio en la salud-enfermedad

Una visión múltiple, teórico-práctica de los efectos nocivos para la salud del ruido junto con el poder benéfico del silencio.

Vivimos en un mundo ruidoso, de palabrería, de agitación y de estrépito, el cual se hace más fuerte con cada año que pasa. Nos sometemos a ruidos innecesarios mientras la tecnología se vuelve cada vez más sofisticada. Los servicios hospitalarios claman silencio en los pasillos. Lugares tradicionalmente tranquilos son invadidos por el radio a todo volumen en taxis, microbuses, camiones y oficinas. A todo esto hay que añadir los ruidos de los motores, los cláxones y alarmas, produciendo un clima de agitación y estrés.

No resulta sorprendente que el silencio se haya convertido en una especia de higiene cognitiva efectiva en peligro de extinción con los mismos elementos, por ejemplo, que constituyen los pasos de una buena salud bucal, considerado en ocasiones un “producto de lujo”.

Ya en 2011 la Organización Mundial de la Salud (OMS) llegó a la conclusión de que entre los 340 millones de habitantes de Europa Occidental, se habían perdido anualmente 1 millón de años de vida sana como consecuencia del ruido. Asimismo, se llegó a la conclusión que 3 mil muertes por enfermedades del corazón resultado de un ruido excesivo. La contaminación acústica, “una plaga moderna” (OMS, 2007) está vinculada con hipoacusia, trastornos del sueño, enfermedades cardiovasculares y problemas digestivos (ruidos de fondo de restaurantes y oficinas mayor a 65 decibeles).

El sonido es un fenómeno físico que llega al oído, quien lo envía al cerebro para ser identificado, provocando una reacción inmediata del cuerpo ante estas señales, incluso en medio del sueño profundo. Investigaciones neurofisiológicas sugieren que los ruidos activan la amígdala, cúmulos de neuronas ubicados en los lóbulos temporales del cerebro asociados con la formación de memoria y emociones. Esta activación detona una inmediata liberación de hormonas de estrés como el cortisol. Las personas expuestas a ambientes ruidosos experimentan niveles de estrés crónicamente elevados.

¿Hasta cuándo se convierte en ruido?

Cuando se entromete en lo que se intenta hacer y toma forma de sonido desagradable, no deseado, que perturba y enferma. Cuando la palabra deja de ser vehículo de comunicación, sin fomentar comunión ni generar vida y se convierte en agresión mediante el grito o la palabra altisonante. Tal vez si el mismo Dante hubiera vivido en nuestro tiempo hubiera incluido ruido en uno de los círculos del infierno.

De ahí algunos beneficios del silencio se encuentran en las habilidades de pensamiento creativo, la toma de decisiones a largo plazo que nos podrían permitir alternativas de solución de problemas-inconvenientes, atendiendo a los planes con la finalidad de lograr las metas propuestas.

La neurofisiología del silencio nos ilustra, acorde al Dr. Luciano Benardi, cardiólogo italiano los beneficios de la música en el cerebro, llevándolo a encontrar que el silencio entre las piezas musicales eran más relajantes que la música per se, siendo el objeto de estudio más interesante aún. El estudio sugiere que el silencio es agudizado por los contrastes.

“Tal vez el estímulo es algo que concentra la atención de la mente en una dirección, de tal forma que cuando no hay nada que siga estimulando, entonces tienes una relajación más profunda”, comenta al respecto Bernardi. La famosa frase de Mozart cobra relevancia: “la música no está en las notas, sino en el silencio entre ellas”.

Imke Kirste de la Universidad de Duke, estudió en 2013 los efectos de los sonidos en el cerebro de ratas adultas. Kirste encontró que 2 horas de silencio por día, derivó en el desarrollo celular a nivel del hipocampo, la región del cerebro relacionada con la formación de la memoria. A pesar de que todos los sonidos tienen efectos neurológicos a corto plazo, ninguno tiene un impacto duradero, a excepción del silencio.

Robert Zatorre, un experto en la neurología del sonido comenta:

En ausencia de sonido, el cerebro tiende a producir representaciones internas.

Si una persona se encuentra escuchando una canción y se la cortan abruptamente, los neurólogos han descubierto que si la conoces bien, la corteza auditiva del cerebro permanece activa, como si la música se estuviera reproduciendo y la sigues “escuchando” aunque no esté siendo generada por el mundo exterior. David Kraemer, ha llevado a cabo este tipo de experimentos en su laboratorio de Dartmouth College. “Se puede recuperar el sonido desde la memoria”.

¿Qué decir del ruido en las salas de operaciones, un peligro para la seguridad? El ruido en la sala de operaciones puede causar una disminución en la función de procesamiento auditivo, particularmente en presencia de música (pues hay personal que la encuentra relajante y algunos simplemente les distrae). Esto se torna más complejo cuando la comunicación implica conversaciones de importancia. Con el objetivo de evitar la falta de comunicación efectiva, las distracciones e interrupciones en la sala de operaciones se debería tal vez en la medida de lo posible modular la voz del personal y el justo peso a la secuencia motora del habla de cada individuo, reducir los niveles de ruido en el ambiente y modular los niveles del sonido de la música (J Am Coll Surg. 2013 Dec; 217(6):1154-5).

Al igual que el abogado y el juez pueden caer en la palabrería o incluso en un discurso no necesariamente político, sino es que en la verborrea, el médico en la consulta tiene un papel preponderante a la hora de comunicar y/o indicar algún tratamiento a su paciente, surgiendo del silencio muchas veces, sin hablar por hablar al igual que en un juicio, sino fomentando el diálogo, el trato con el cliente y los colegas médicos o el abogado de la contraparte, comprendiendo el significado, ponderándose en objeto de reflexión la problemática. Ante esto la escucha no puede darse sino es precedida por el silencio. De la misma escucha brota el deber ético: la palabra confidencial del paciente ante el médico.

Lo anterior nos lleva a considerar también la importancia del silencio en posibles tratamientos potenciales en individuos con trastornos asociados a nivel hipocampal como la demencia o depresión. El silencio no es mutismo, sino un hábito útil que se puede adquirir y con amplios beneficios para nuestro cerebro, invadiendo diversos planos del ser humano el corporal, intelectual y espiritual, moderando incluso el arrebato, la prisa, el alboroto y la violencia.

“El camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio”

Friedrich Nietzsche

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