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El poder de la música en la neurobiología del ser humano

La música se encuentra presente en prácticamente todos los aspectos de la vida e incluso forma parte de nosotros mismos.

Como es referido en los relatos de la música y el cerebro, Musicofilia de Oliver Sacks, la búsqueda por el significado de la música constituye uno de los problemas más antiguos y conocidos de la humanidad. Como algo que carece de conceptos, sin elaborar proposiciones resulta tan necesario, especial e importante para la vida humana con matices únicos e inigualables de comprensión de la estética del arte, filosofía, matemática y la propia medicina como lenguaje.

La mayoría de los seres humanos somos eminentemente musicales; sin embargo, para Sacks, también existen unos pocos, quienes (al igual que los súper-señores de la novela de Arthur C. ClakeEl Fin de la Infancia”) carecen del centro de procesamiento que les permite apreciar tonos y melodías, es decir, seres “amusicales”.

Centrándonos en la mayoría de nosotros, la música ejerce un enorme poder y, lo pretendamos o no, hasta la música más fúnebre en un entierro genera alguna respuesta. La música es universal. Se da en todos los pueblos y, con frecuencia, como parte fundamental de la tradición cultural. Si bien cambian los estilos y los instrumentos, la experiencia musical se encuentra siempre presente.

Incluso Charles Darwin lo expresó en su tratado sobre el origen de las especies, clasificando la apreciación musical entre las facultades más misteriosas de las que se encuentra dotado un ser humano. No obstante, la música puede ser considerada como un ser vivo, un fenómeno no sólo auditivo, sino capaz de alterar la emotividad del oyente, capaz de generar una elevación en los niveles de dopamina con experimentación y predicción de una sensación placentera, sino además con un componente de carácter motor; “escuchamos música con nuestros músculos”, escribió Nietzsche.

Melómanos expertos sugieren que el origen de la música debe encontrarse dentro de nuestros propios cerebros, en nuestros propios genes y, además , interactuando con el mundo, tal y como lo describe el doctor Rogelio Macías Sánchez:

Enfermos que han sufrido una lesión cerebral vascular se han recuperado hasta hablar normalmente y reconocer sonidos del ambiente, pero quedan incapaces de reconocer melodías que antes del evento les eran familiares; quedan con amusia. Caso contrario es el de Vissarion Shebalin, compositor ruso que sufrió de un infarto cerebral que lo privó casi totalmente del lenguaje verbal, pero pudo componer su Quinta Sinfonía. Evidentemente se trató de sitios diferentes del daño cerebral.

Al igual que la ciencia y las letras se pueden unir para narrar historias clínicas en un paciente (tal como lo describió Oliver Sacks) que ha pasado por alguna enfermedad que lo ha dejado sin palabras, la música puede definir los sentimientos, imposibilitando toda traducción; no porque sea demasiado abstracta, sino porque resulta demasiado concreta, dándonos una oportunidad ilimitada para entregarnos al descubrimiento de nuestra más profunda interioridad. Por ser una forma especial del pensamiento, la música nada puede expresar fuera de sí misma. Cuando así la entendamos, habremos llegado a ella, más allá de la fe, de la ciencia y de la razón; con el sentimiento.

“La música expresa la realidad de la voluntad de poder, es aun trágica y melancólica, el fondo de toda vida, pero también un «estimulante de la vida», « incitación seductora a la vida»”

Friedrich Nietzsche

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