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Dolor, sufrimiento y dignidad humana

Ante el sufrimiento humano una función importante de los profesionales de la salud es ayudar a humanizar el dolor.

De todos los problemas a los que nos enfrentamos los médicos de forma cotidiana en nuestra práctica, el dolor es, indudablemente, el más frecuente. Se trata de una experiencia universal, pues todos en algún momento de la vida nos hemos enfrentado a él.

Cómo médicos estamos preparados para su diagnóstico a través de diferentes variables como pueden ser la localización, irradiación, circunstancias de aparición, etc; y para su tratamiento contamos con las numerosas herramientas que nos provee la medicina moderna. Sin embargo, el dolor abarca también otras magnitudes, otras aristas de la experiencia dolorosa.

Para la Sociedad Internacional dedicada a su estudio se trata de “una experiencia desagradable, sensorial y emocional, asociada a una lesión real o potencial, que se describe como daño”.

El dolor es una experiencia biológica universal, pero no tiene la misma carga sensorial y emotiva en personas y civilizaciones diferentes, ni tampoco ha sido concebido de la misma manera a lo largo de la historia. El dolor, más allá de los modelos estereotipados de la neurofisiología, se trata de un “producto” cultural, el cual es modulado por diversos factores sociales, religiosos, culturales, entre muchos otros, situación que lo presenta como cambiante, variable y diverso.

Si nos referimos al “otro dolor”, al vivenciado por el sujeto como sufrimiento o aflicción del ánimo, las opiniones de los filósofos e investigadores del alma nos instruyen acerca de su origen y naturaleza, así como sobre su sentido y misterio. La vida, el goce, el dolor y el sufrimiento, el nacimiento y la muerte; todo el viaje que realizamos sobre la Tierra está lleno de misterios, tal y como lo refiere Aguilar Fleitas en algunos de sus artículos.

El sufrimiento, con o sin dolor físico, es una sensación más difusa, pues radica en el alma e impregna a la totalidad del sujeto. Se instala en el ánimo y en la voluntad. Afecta, incluso, a quienes rodean al sufriente (sufrimos al verlo sufrir).

La enfermedad sorprende y nos lanza a la inseguridad y el recelo porque nos roba la salud, que es, a decir de Hans-Georg Gadamer, “el silencio de los órganos”.

Con el dolor y el sufrimiento nos encontramos ante una realidad dura y, para algunos, cruel, difícil de comprender y explicar en ocasiones, pero, sobre todo, inexorable. Ni siquiera en el libro “Un Mundo Feliz” de Aldous Huxley el dolor está ausente, basta recordar cuando el periodista le dice a John que “el dolor es una ilusión”.

El dolor es uno de los retos más grandes y dramáticos de la existencia humana. Su comprensión y sentido no son una tarea sencilla, por más que se aborde desde diversos ángulos. En este sentido valdría la pena preguntarnos de la misma manera, ¿qué nos enseña el dolor?, ¿cuál es su sentido último?, ¿a dónde nos conduce?, ¿cómo debemos asumirlo? Y además, si es compatible o no con la dignidad humana.

Para Schopenhauer, el filósofo que tanto influyó en Nietzche, Freud y Jorge Luis Borges, entre otros, el mundo, la vida misma, es la fuente primordial de sufrimiento. Para el pensador alemán nuestra vida es un querer que no se detiene, una existencia que transcurre en una perpetua búsqueda de placer y objetos que habitualmente no alcanzamos, situación que nos produce dolor, y que cuando los alcanzamos nos sacian y hartan, nos ahogan en el hastío y por lo tanto también la conquista nos produce dolor. La interrupción de esa búsqueda, a veces desenfrenada, causa perturbación y exige muy a menudo, resignificar la existencia.

Humanizar el dolor

Una de las funciones más importantes de los profesionales de la salud ante el sufrimiento humano es ayudar a humanizar el dolor, representando una experiencia compleja y profunda, la cual va incluso más allá de las técnicas terapéuticas e implica el ámbito ético, el mundo de los valores auténticos, el desear el auténtico bien del paciente que sufre las adversidades de la vida.

En lugar de endurecerse ante el dolor, es preciso buscar la comunicación profunda, no únicamente física, sino espiritual, con el doliente.

Por contraste, la deshumanización consistiría en la pérdida del talante humano, de la despersonalización o uso de la persona como medio o como objeto. Lo que se haga por el enfermo debe emerger del amor y considerar en primera línea su dignidad.

Dignidad

La dignidad se trata de un valor de la persona, “el valor de lo que no tiene precio”. Es un concepto con un amplio sentido inconmensurable, inherente a la persona. El testimonio de miles de enfermos que han asumido el dolor con fe y esperanza nos muestra que éste podría dignificar a la persona, al hacerla más íntegra y madura. Jaspers hablaba del dolor como un instrumento de superación.

El sufrimiento asumido con humildad conduce a profundizar en la verdad de la propia existencia, nos despoja de todo disfraz, nos conduce a la aceptación de nuestra caducidad e impotencia y, por lo tanto, nos hace conscientes de nuestra necesidad de ayuda y apoyo.

El sufrimiento nos hace caer en cuenta, de modo duro y doloroso, de que nuestro futuro es incierto, que nuestra existencia no siempre se moldea a nuestros deseos. La madurez conlleva la personalización del ser humano, pues como menciona el Dr. Pérez Valera, el dolor y el sufrimiento propician la serena ponderación de los riesgos y adversidades, así como los logros y éxitos, los cuales también forman parte de la condición humana.

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